ColumnistasNelson Germán Sánchez

Cosificación de la mujer=Afganistán y Colombia

Óptica periodística Nelson Germán Sánchez Pérez –Gersan-

Creo que de un modo u otro todos nos hemos preocupado por la llegada de los Talibán al poder y el control total en Afganistán y lo que ello implica, sobre todo, para quienes no profesen sus creencias religiosas y en especial para los pocos e incipientes derechos de mujeres y niñas.  

Mucho más ahora que se están definiendo como el Emirato Islámico de Afganistán, que implica ni más ni menos que el poder religioso y político se conjugan y lo ostenta la figura del Emir, contrario de alguna manera, a lo que sucedía en ya desaparecida República Islámica de Afganistán. Ese poder del Emir que hará prevalecer la Sharía, o sea la interpretación extrema de la ley islámica, que permite las lapidaciones, castigos corporales, limita locomoción, interacción en la vida política, social y económica del sexo femenino; esa ley que conciben como un código de vida, un conjunto de normas de conducta que determinan casi todos los aspectos y en donde la mujer es en absoluto cosificada, porque de no hacerlo así, para ellos, no tendrán “el camino claro hacia el agua”.

Por ello creen que deben aplicar la Sharía, esa combinación del Corán, la conducta y enseñanzas de su profeta sagrado Mahoma y las llamadas fatuas -que son las normas legales, el compendio epistemológico de académicos musulmanes-, más radicales en sus interpretaciones contra algunos derechos mínimos de la mujer en su cuerpo, mente, alma y espíritu.

Como diría la experta y consultora de género, Ingrid Legarda, para el programa internacional Sapiens del Centro de Pensamiento Libre de Colombia, es una pérdida para todo el devenir de la lucha en los derechos de las mujeres, para quienes dieron las batallas desde bien entrado el pasado siglo XX para ser reconocidas en la misma calidad de derechos universales consagrados para el hombre. 

Vale decir que el reconocimiento de los derechos políticos de la mujer para ser  “sujetas” de esos derechos no cumple ni un siglo en la historia moderna de la humanidad, por lo cual antes de ello simplemente eran objetos, así de claro. Lo cual preocupa que ahora suceda al extremo en Afganistán, en donde están puestas las alarmas; pero, obvio, sin perder de vistas que en esta parte occidental y “moderna” del mundo, pese a avances y logros, la situación no es ni muchos menos color de rosa para las mujeres y en ello no hay que llamarnos a engaños y mucho menos en un país como Colombia donde real y materialmente falta mucho trecho en igualdad laboral, representatividad política y en acceso al poder, entre otros, frente a los derechos del hombre blanco, heterosexual y de mediana edad, como lo subrayó Legarda. Por lo tanto, la preocupación en últimas es que el ejercicio de los derechos mínimos no se dé en equidad ni aquí ni allá.  

A propósito de extremos y de extremistas, que es lo que en últimas desvela frente a la reivindicación de derechos en las mujeres afganas, colombianas y de varios países más, es la interpretación de lo religioso que extremas derechas hacen de textos sagrados al revolver y amalgamar con lo jurídico las normas mínimas de convivencia y el respeto al otro (la otra) y a la diferencia, como bien lo recordó el presbítero Manuel Chamorro, del CPL, quien claramente ha expresado que el verdadero problema a superar es ese; porque sea el Corán, la Biblia o la creencia que se quiera, los fanatismos llevan a esos nefastos resultados; la propia Iglesia Católica cohonestó la “Guerra Santa”, el dar la misa de espaldas en latín, castigos físicos en especial a la mujer por mínimos detalles o aceptar que no tenían alma los negros e indígenas para pasarse por la faja derechos humanos mínimos de esos grupos. 

Por lo cual el problema son los extreminstas y fanáticos de cualquier creencia y religión. El permitirles su avance sin control sobre las sociedades e instituciones sin debatir, denunciar, accionar o quedarse como cómplice cómodo de tales conductas abusivas sin ni siquiera cuestionarlas, o peor, hacernos los de la vista gorda y voltear a mirar hacia otro lado. Esa conducta individual y colectiva de cerrar los ojos es como un pase libre para los ultraconservadores que se sienten con patente abierta para abusar. La mujer no es un objeto, no es una cosa, punto.      

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