ColumnistasDagoberto Páramo Morales

En tren hacia el Espinal

Evocaciones

Como en casi todos los periodos de vacaciones los cuatro hijos de la misma familia que se las ve a gatas para sobrevivir en medio de las dificultades diarias se alistan para visitar a la abuela paterna que ansiosa los espera en medio del zancudero que ronda los arrozales de la segunda ciudad del Tolima. El mayor de los hermanos no le emociona mucho la idea de moverse del pequeño mundo que ha tejido con sus primos más cercanos y sus amigos más allegados. Prefiere jugar bola, trompo o cinco huecos. Es un experto en ganar calles con el trompo, casi nunca tiene que poner el suyo para que le asesten hachazos hasta partirlo en pedazos. No es tan bueno para divertirse jugando sus monedas a cinco huecos, aunque cuando apuestan a tres huecos lo hace mucho mejor. Pocas veces gana jugando la coca -balero, le dicen los más refinados-, que dicen que ya era usado por los mayas en épocas precolombinas. Casi nunca acierta en encholocar el palo sujeto con una cuerda en el agujero que tiene el pequeño barril de madera. Jugar bola lo aburre. Es muy impaciente y no tan diestro motrizmente.

Salen de la estrecha casa que comparten en hacinamiento permanente y, como casi nunca, toman un taxi -Ford sedan, 1963- que los lleva a la Estación Ospina del Ferrocarril. Ubicada en la calle 19 con carrera primera -en el límite de la ciudad, muy cerca del Parque López de Galarza-, fue construida en 1926 por el presidente Pedro Nel Ospina. Es una edificación con grandes trazos artísticos en su diseño y de una gran funcionalidad como punto de cruce de los viajeros y las mercancías que van y vienen de Bogotá y del Pacífico. Las pocas maletas que llevan pesan menos que los sueños que cargan a cuestas cada vez que los llevan a cambiar de aire. Lo más emocionante es volver a subirse al tren que tantos recuerdos les trae y volver a ver a sus tías más queridas. 

Antes de abordar uno de los vagones del largo tren, el padre decide comer la famosa fritanga que venden en uno de los toldos cercanos al monumento a la bandera que ondeante calcula la velocidad del aire que refresca la ciudad. Él invita a su familia y escoge en la Plaza de los Burros el puesto de una de las señoras que mejor prepara la comida. Su sabor es inimitable y la atención que les brinda a sus comensales es insuperable. Comen rellenas, carne de cerdo, papa, yuca, lechona, plátano maduro frito y los esposos beben chicha de maíz muy parecida a la de Doña Jacinta que le ha dado prestigio a El Espinal donde es la reina. Con ansias y casi con desespero se deleitan. Es todo un manjar que no prueban todos los días. La niña, la tercera de los hermanos, casi se atraganta cuando se le va “por el camino viejo” una pepa de la limonada de panela que acostumbra a pedir de sobremesa. Un golpecito en la espalda con el cuenco de la mano la alivia.

Después de comer a sus anchas la madre pide varias presas de carne y yuca para consumir en el camino; les sale más barato que comprar algo en las estaciones por las que pasarán. Le envuelven el avío en hojas de viao porque por ser naturales le dan un exquisito y autóctono sabor a la comida. Con cuidado atraviesan la calle y entran a la Estación por una de las nueve puertas -usan la central- y se sienten como caminando en la punta de los pies sobre las baldosas del piso que brillan por si mismas. Felices. Adentro el bullicio ensordece, pero los pone más alegres. Sus ojos brillan como luceros en noche oscura. 

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El garboso y estilizado padre va a la taquilla y compra cuatro boletos y no seis porque los niños pagan medio pasaje. Con meliflua ansiedad se dirigen al patio de trenes y buscan uno de los vagones en los que viaja la gente del pueblo. Ellos irán en el convoy destinado a la gente más desfavorecida. Existen tres tarifas de acuerdo con la condición social de los viajeros: alta, media y baja. Encuentran el que les toca. Su identificación aparece en los amarillentos boletos que les entregaron. Suben los altos escalones. Esperan unos pocos minutos hasta que oyen la campanilla con la que los controladores del tren avisan que están a punto de partir. Casi al mismo tiempo la sinuosa locomotora de vapor comienza a estirarse como si recién se hubiese despertado. Con galopante ritmo y echando humo por sus fauces sus ruedas parecen despegarse de los rieles que chirrean con el crujido que produce la añoranza. 

Rompiendo el aletargado reposo de la ciudad la inmensa máquina de metal se va alejando con la seguridad del regreso: porta en sus entrañas montones de esperanzas, de tristezas, de alegrías. Con los silbidos de la locomotora el maquinista alarga las despedidas desde el silencio del pequeño habitáculo donde divisa lo que los rieles le van marcando. Al mismo tiempo en la soleada Estación Ospina se ve el batir de las manos que con nostalgia ven alejarse a los suyos con la burbujeante ilusión de volverlos a ver.

La pequeña familia se acomoda en una de las últimas sillas del penúltimo vagón. Unos frente a otros suspiran con el ensueño en sus miradas y sonríen al compás de sus emociones puestas al límite. El tren avanza a la velocidad que en las áreas urbanas se le permite para no hacer daño. Adentro la algarabía es aún moderada. Todavía se percibe la ansiedad de lo que apenas empieza. El mayor de los muchachos de la familia alcanza a divisar a algunos niños que corren al lado de los vagones como en una competencia a la que nadie los ha invitado. Les gana el espíritu inquieto que los inspira. Recuerda que él también lo ha hecho con algunos de sus amiguitos, aunque en otro lado de la ciudad. Pasan frente a la Estación de Picaleña, -fundada en 1958-, llamada en sus inicios Pitaleña en honor a una mujer que nació en El Pital -Huila- quien tiene una atrevida pero agradable y decente forma de vender los bizcochos que ella misma prepara, aunque otros dicen que es porque hay gente que vive picando leña para alimentar el fogón de las máquinas y del ferrocarril. Todos alcanzan a escuchar el sonido de la campana avisando que el tren no se detendrá. 

En medio del verdor del paisaje que arropa la máquina que humeante avanza lenta pero segura todos los ocupantes no paran de hablar y de contarse chistes de todo tipo con la inverosimilitud propia de quienes viven la vida como va apareciendo. El padre sale de vez en cuando al sitio donde se unen los vagones a fumarse su acostumbrado cigarrillo Lucky Strike. El tren se detiene en la estación de Buenos Aires y el mayor de los hermanos se baja a fisgonear. Por estar hablando con los vendedores de bizcochuelos y quesillos casi se queda del tren cuando la máquina continúa su recorrido y él tiene que correr hasta alcanzar el último vagón y treparse como puede. Inquieto y arriesgado. 

Después de unos minutos el tren pasa por el frente de la enramada que sirve de estación en Gualanday. Se detiene. Deja a varios pasajeros que llevan flotadores, trajes de baño, recado y ollas para hacer el sancocho en las orillas de la quebrada. No pueden sustraerse de los recuerdos. Rememoran los paseos que han organizado sus primos y sus tíos más queridos al Charco de las Panelas, aunque ellos prefieran el balneario Briceño. El calor quema y el ardiente vaho se siente en cada rincón de los vagones que no resisten la fogosa oleada que deshidrata. El padre se baja y compra gaseosas a un muchacho que las tiene metidas en un recipiente de icopor. Sus hijos desean comer algo y se antojan del fiambre. La madre lo destapa y le da a cada uno de sus hijos un pedazo de yuca y un trozo de carne de cerdo. Lo devoran. Les parece más delicioso que antes. 

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Habiendo dejado y recogido algunos pasajeros el tren reanuda su marcha hasta llegar a la pequeña estación de Chicoral donde no se detiene. Los curiosos lo ven pasar con la sonrisa de la gente humilde que disfruta con todo. Siguen hasta que llegan a la Estación de El Espinal que por ser intersección de caminos sirve de puente para que algunos pasajeros continúen su viaje hacia Bogotá o se desvíen hacia Neiva.

Finalmente, y después de más de una hora de viaje la familia empieza a sentirse plena de alegría. El corazón de los muchachos retumba. Han arribado a la tierra de los pelachivas de donde es oriundo el papá. Sus rostros son un atlas de felicidad. No caben de la dicha. Esperan tener unas vacaciones mejores que las del año anterior. Como casi no hay taxis, tienen que caminar bajo el sol abrasador hasta llegar a la casa de la abuela que los espera con los brazos abiertos y el alma henchida de emoción. Inolvidable.

 

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