Juan Espinosa

Las verdades mentirosas y las mentiras inocentes

Los canales de comunicación (redes sociales, prensa, radio, televisión, panfletos, etc.) nos permiten obtener información en tiempo real y de manera masiva, se difunden  contenidos que le permiten al ciudadano saber, o pretender saber, lo que sucede en su entorno.

Basados en ese “conocimiento”, el ciudadano se forma una opinión la cual es expresada a través de esos mismos canales y en sus conversaciones y debates diarios. De hecho, ese “conocimiento” genera emociones de felicidad, amargura, inseguridad, guerra, paz, etc.

Es por ello que hoy por hoy es más frecuente ver ciudadanos opinando sobre el contexto local e internacional pero en muchos de los casos, esa opinión se fundamenta en lo que recibe de información a través de los canales masivos sin complementarse con el estudio profundo y juicioso del asunto en discusión. Se observa que la intención honesta del ciudadano de ejercer el derecho fundamental de la opinión, termina siendo vulnerado por la información “veloz, pero imprecisa” que los canales de comunicación transmiten de forma masiva.

De allí se deben desprender dos compromisos fundamentales: el primero, que los alimentadores de información a los canales de comunicación realmente investiguen a fondo y constaten sus fuentes antes de transmitirla y, segundo, que los lectores de la información “no asuman” que dicha información es completamente veraz y, bajo el principio de la prudente duda, profundicen sobre los temas que les interese opinar.

El adagio popular que “un chisme existe hasta que llega a un oído inteligente” no puede ser más cierto. Al igual sucede con la opinión libre de “malicia de dañar a otro”, pero que termina causando el mismo efecto nocivo.

Hoy día, saber quién es culpable y quien es inocente es todo un misterio.

Se construyen cortinas de humo. La opinión pública condena a un individuo por una noticia y le crea un aura de santidad por otra noticia. Queda la honra de un ciudadano (producto o servicio) expuesta al ir y venir de quien alimenta los canales de comunicación y, en la ignorancia inocente, pero irresponsable del lector o escucha, que forma una opinión y se encarga de difundirla.

Incansablemente el ser ha buscado conocer la verdad de sí mismo y de su entorno pero solo la investigación seria lleva al ciudadano a formarse una opinión cercana a la realidad y con ello evitar difundir opiniones sin fundamento.

Asumiendo esa responsabilidad individual y colectiva, generaremos un clima de conversaciones estructuradas, de discusiones sanas y profundas y de alta productividad al incrementar el conocimiento de quienes participan activa y pasivamente. Pasaremos de ser reproductores de información a ser creadores de conocimiento y con un grado de sabiduría que nos permita vivir una ciudad lejana de conflictos, conflictos que en muchos casos son generados por difundir información no veraz.

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