ColumnistasJohn Jairo Ocampo

No hay fórmulas mágicas

Muchos creen que una vez el país vaya retomando la normalidad y reabriendo la mayor parte de sectores productivos todo se solucionará por arte de magia.

Al margen de las discusiones entre nuestros líderes, lo que sí parece estar claro es que no habrá fórmulas mágicas para pensar que en los próximos meses todo estará como si nada hubiese pasado.

Como lo plantea el profesor Pablo Sanabria, de la Escuela de Gobierno de la Uniandes, hoy el dilema está en cómo generar un equilibrio entre el fortalecimiento de la salud, las necesidades de supervivencia actual y las posibilidades futuras de crecimiento y reactivación.

En el último mes y medio hemos visto y escuchado, por internet, muchas conferencias con expertos de Colombia y el mundo que exponen sus tesis sobre qué hacer para para salir de esta. Aún persiste el dilema entre salud y economía. Lo único claro entre todos los analistas es que muchos de los graves problemas comenzarán a verse una vez se logre controlar la expansión del virus y cuando se hagan palpables las ruinas que deja la emergencia en Colombia y el planeta. Nada será tan fácil como prender un bombillo en medio de la oscuridad que ilumine y muestre el camino.

La recuperación será lenta; por ejemplo, el turismo se tardará por lo menos un año en volver a los registros que se veían a comienzos del 2020. No habrá, por un buen tiempo, grandes eventos públicos, conciertos, competencias deportivas, foros, asambleas, bares llenos, restaurantes o salas de cine a tope.

Tendremos que acostumbrarnos a experimentar un cambio de vida, en la manera de relacionarnos, en los horarios de trabajo y dejar a un lado tanto agite social. Además, es necesario ser realistas, con la cantidad de empleo que se destruirá veremos un aumento significativo de la informalidad y la inseguridad.

Es claro entonces que no habrá una fórmula mágica que permita obtener de inmediato el antídoto contra el virus y tampoco contra la recesión. Seguro aparecerán, pero la paciencia debe ser una característica común de la sociedad.

Hoy lo que vemos es un sinnúmero de propuestas que nadie termina por entender. ¿Cuál será la mejor opción en un país con tantas limitaciones como el nuestro? El problema es que nadie sabe qué hacer o, mejor dicho, todos dan recetas, pero nadie resuelve la pregunta clave: ¿cómo y con qué lo vamos a hacer?

Es muy fácil proponer más deuda, emisión del Banco de la República, reformas laborales, reformas tributarias, bajar sueldos. También más subsidios, pago de nóminas con recursos públicos, más plata para los pobres, subsidios para la clase media, condonación de deudas y hasta reforma pensional, entre muchas otras más.

Todo suena muy interesante, pero hay que pasar de los enunciados generales a las propuestas reales. A los funcionarios, analistas, exministros y expertos, un llamado para que formulen soluciones que se compadezcan con la realidad del país y no las expuestas en libros, tratados y sendos estudios que no aplican por igual a todas las naciones.

Las discusiones están llegando hasta el replanteamiento del modelo de desarrollo que ha imperado en el mundo. ¿La reconstrucción se hará con base en el entierro del neoliberalismo?, ¿surgirá el neosocialismo?, ¿habrá espacio para la tercera vía? Se revive el viejo dilema entre el liberalismo económico de Adam Smith, el modelo cepalino de sustitución de importaciones para proteger la industria nacional o el modelo keynesiano de estimular la economía a punta de gasto público.

Como lo planeta el exministro Gabriel Silva, en una de sus columnas de EL TIEMPO, las prioridades políticas y geopolíticas de países como Colombia están en la autosuficiencia a cualquier costo, la preservación del empleo nacional y una balanza externa lo más favorable posible.

La regla para el Gobierno es que necesitan recursos, y no son pocos. ¿Cómo conseguir los 70 billones de pesos que se requieren? ¿Cuál será la mejor manera de gastar e invertir los recursos que se logren apropiar para reconstruir el país?

Las necesidades serán inmensas, pero la prioridad debe ser la salud. Llegó el momento, porque no hay que descartar nuevas pandemias, de invertir todo lo que requiere el sistema de salud. Este es un tema que se ha aplazado por décadas. Se ha ido avanzando, se han hecho reformas, pero todas parecen pañitos de agua tibia que no solucionan de fondo los problemas de un derecho fundamental de los colombianos.

Después de la salud, la prioridad debe ser la inversión social, la recuperación del empleo y la economía. Los retos son inmensos, pero los recursos son limitados.

#ConTodoRespeto: rabia e indignación generan las noticias de corrupción con los recursos destinados para atender el sufrimiento y el hambre de miles y miles de hogares pobres en Colombia. Esto no tiene perdón, y esperamos toda la contundencia de los organismos de control. Que no sean solo enunciados y titulares.

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