ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

Siguen cortando cabezas

Crónica 229 de Gardeazábal

Esta semana pasada volvió a repetirse en Tuluá el dantesco espectáculo. A orilla de la carretera que desde la ciudad de mis novelas lleva hasta Riofrio, apareció el tronco sin cabeza de un hombre que se veía bastante joven. Una horas después en una barriada de Andalucía  , la tierra de las famosas gelatinas  y que es el municipio más cercano a Tuluá, apareció en el antejardín de una casa la cabeza de quien, luego de las diligencias legales y   del reconocimiento de la familia, se supo que hacía parte del mismo cuerpo. Es el tercer caso de ese tipo que se da en Tuluá en lo que va corrido del año. El hecho de que la cabeza hubiese aparecido en Andalucía y el cuerpo en el camino a Riofrio sirvió a los estadísticos sicariales para diluir la noticia y tapar el horror que produce vivir en una zona en donde lo que los uniformados  y los fiscales llaman sin vergüenza alguna ” ajustes de cuentas entre bandas”, se da con tanta saña y sin que conmueva las estructuras de una sociedad adormecida por el miedo. Las versiones, empero, han corrido como pólvora cada que aparece un descabezado .El carácter chísmico de mi pueblo, que me ha servido para más de una narración, resurge por encima de la idiotización que el crimen y el sadismo pueden generar. Tal vez construyendo hipótesis hogareñas sobre  quien ha ordenado impactar o  usar las cabezas cortadas como advertencia o quizás para macabramente divertirse ,los tulueños apagan el terror que los consume. Nadie, ni la policía ni los fiscales ni las autoridades electas atan cabos. En una ciudad en donde rige la extorsión al máximo grado, y el miedo y la desconfianza en los civiles y uniformados que gobiernan impide la solidaridad. En una ciudad donde la gobernadora, el alcalde, los policías y los fiscales saben que existen desde hace tres o cuatro años los carteles de la papa y la cebolla, el cilantro y las frutas, y  que exigen el pago de un peaje a todos los comerciantes que  traen esos productos del campo o de Cavasa , el miedo se ha vuelto colectivo.   Quien no pague esa sobretasa para poder comerciar   o le disparan , y lo matan, o le hacen estallar una granada en su depósito como en el  Chicago de Alcapone. En este pueblo mío, donde han campeado  toda clase de homicidas a lo largo de su historia y de sus guerras, resulta mejor guardar silencio y  esconder la solidaridad debajo del colchón. Hay muchas cruces en los cementerios donde pocas recuerdan cuales  de ellas marcan el final de quienes se creyeron valientes o cívicos por enfrentar al terror.

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, agosto 2  del 2021

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