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Delincuentes actúan con la “droga del olvido”. Mujer fue escopolaminada en el centro de Ibagué

Dos adultos mayores serían los autores del delito. La despojaron de tarjetas, dinero en efectivo, celulares y pertenencias de valor.

Salió del cajero con dinero en mano y, minutos después, amaneció desorientada en un parque céntrico sin teléfono, sin tarjetas y sin recuerdo de lo ocurrido. El caso, ocurrido el miércoles 6 de agosto, dejó a una mujer con secuelas emocionales, pérdidas económicas superiores a los dos millones de pesos y la confirmación médica de que había sido drogada con escopolamina.

La tarde comenzó como tantas otras. La mujer llegó al corazón de la ciudad, retiró dinero de un cajero ubicado en la carrera Tercera —muy cerca del banco Agrario— y emprendió la búsqueda de un juguete para su hijo. Fue entonces cuando, según su relato, dos hombres entre los 50 y 60 años, se le acercaron en la vía pública. Uno de ellos le pidió una dirección; lo hizo mostrando un sobre de manila. Tras ese gesto cotidiano, la realidad se le quebró.

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Lo último que recuerda con claridad es el breve intercambio con los desconocidos. A partir de ahí, su memoria se diluye: perdió la consciencia. Horas después, despertó asustada, en una banca del parque Galarza —en la calle 19 con carrera segunda— sin sus pertenencias más valiosas: el efectivo retirado, las tarjetas bancarias y el teléfono móvil habían desaparecido. La sensación inmediata fue de vulnerabilidad absoluta. Creyó haber sido agredida sexualmente y, presa del miedo, buscó auxilio con gritos que solo encontraron un taxista que la llevó a su casa, en el barrio Ricaurte.

A bordo del vehículo de servicio público, el miedo y los nervios se apoderaron de ella y rompió en llanto y desespero, solo quería que la llevaran a su casa. El conductor buscando auxiliarla le pidió un número para llamar a la familia, fue allí donde se percató que no portaba su celular y ninguna de sus pertenecías.

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En el hogar, la familia la recibió entre sollozos y preguntas. Ella insistía en pagar la carrera, como si ese acto confirmara la realidad de su desamparo. Se duchó, buscó consuelo, y con la ayuda de una enfermera conocida se trasladó a urgencias para descartar una agresión mayor. Los análisis confirmaron lo que temía: la presencia de escopolamina en su cuerpo. Afortunadamente, las pruebas médicas descartaron la agresión sexual, pero el diagnóstico no borró el horror ni la pérdida material.

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La mujer, que sostiene que trabaja para sacar adelante a su familia, calcula que el daño económico supera los dos millones de pesos. Más grave aún son las secuelas emocionales: quedó con temor a transitar por el centro de Ibagué, convive con la sensación de que cualquiera puede dañarla y admite que por miedo no acudió de inmediato a denunciar a la Policía. La angustia la llevó incluso a ausentarse temporalmente de su empleo, afectada por una afección que, según cuenta, derivó de lo sucedido.

Su testimonio desnuda una mecánica conocida: el abordaje aparentemente inofensivo, el gesto con un papel o un sobre para distraer, la pérdida súbita de conocimiento y el despertar en un punto distinto de la ciudad, sin bienes ni certezas. Es la técnica de la llamada “droga del olvido”, que vuelve a aparecer en la capital tolimense con la misma brutal eficacia para arrebatar no sólo objetos, sino la sensación de seguridad de quienes transitan la ciudad.

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Las autoridades fueron notificadas y hay investigación en curso para localizar a los responsables y establecer si este atentado se relaciona con otros episodios similares registrados en la zona. Por su parte, la víctima reclama que este tipo de agresiones deje de ser una estadística más: pide que se esclarezcan los hechos, que se ubiquen a quienes actúan con esa impunidad y que se diseñen medidas que protejan a las personas que, como ella, solo salieron a realizar un recado y regresaron con la vida trastocada.

Mientras tanto, la mujer rehace su día a día entre el miedo y la indignación. Lo que sucedió aquella mañana en la avenida Tercera no es un hecho aislado para quienes conocen la técnica; es, lamentablemente, una señal de que la calle —esa que debería ser lugar de tránsito y vida— puede convertirse en escenario de delito y despojo en cuestión de segundos. Su llamado es claro: que ninguna otra persona tenga que contar, como ella lo hace ahora, cómo le robaron la tarde y una parte de su tranquilidad.

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