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Colitas de marrano

Por: Ricardo Cadavid

Los nuevos magistrados del Consejo Nacional Electoral (CNE) han aprobado unas reformas en el procedimiento de reporte de cuentas de los candidatos a las próximas elecciones territoriales. Aun no hay mucha información ni discusión sobre el tema, pero se comenta que los candidatos a concejos, asambleas, alcaldías y gobernaciones, no tendrán que reportar las cuentas de sus campañas ante el CNE, sino ante sus respectivos partidos políticos, con el curioso argumento de que así, los partidos tendrán más responsabilidad sobre el actuar de sus candidatos. Eso es como nombrar a Luis Alfredo Garavito rector de una guardería y soñar que, por generación espontánea, va a lograr que florezca un proceso formativo angelical y no un jardín infantil subterráneo. 

La vida tiene curiosas simetrías; según la Encuesta de Cultura Política del DANE, el mayor desprestigio institucional en Colombia corresponde a los partidos políticos, con la increíble cifra de 91% de desconfianza, así que extraña este acto religioso de fe por parte de los magistrados del CNE  que se posesionaron en agosto y que en sólo dos meses, llegaron a la poderosa conclusión de que estábamos aplicando mal la ley 1475 del 2011 que regula los procesos electorales; y que presentar cuentas ante el CNE es algo innecesario e improcedente. El país entero celebró, el año pasado, una década del programa de Transparencia y “Cuentas Claras”, y resulta que ahora nos informan que llevamos 10 años equivocados, aplicando mal el procedimiento. Eso de las cuentas es una innecesaria nimiedad; un detalle superfluo. 

Continuando con las curiosas simetrías, el segundo puesto de desprestigio nacional, con un 76% de desconfianza, lo ocupa el Congreso de la República, y tienen la honrosa función de escoger a los magistrados del CNE; es decir, a su propio ente regulador electoral, y los escogió este año, no entre un universo sapiencial de juristas expertos en legislación electoral, sino entre un cúmulo de candidatos quemados en las pasadas elecciones. Algo deben conocer sobre triquiñuelas electorales estos expertos; aunque no les haya alcanzado para ser elegidos. 

Amó la etimología. La palabra “magistrado”. Viene del latín “magis”, que significa “grande”, y del sufijo “ter”, de “magister”, que significa, “el más grande”. Acto de fe es creer que en este pabellón de quemados electorales hay algo parecido a la “magna grandeza”. 

Siguiendo con las particulares simetrías, el tercer órgano más desprestigiado según la encuesta del DANE es la Organización Electoral, en la que no creen el 73% de los colombianos. Es la misma organización que hoy afirma que ya no se requiere publicar en detalle, y para el escrutinio ciudadano, quién le donó a un candidato, quién le prestó dinero, cuánto gastó y en qué; bastará con un reporte general de ingresos y egresos presentado por los partidos políticos, que bien podrían sumar los gastos de toda una lista y reportarlos a su antojo, de manera discrecional y sin riesgo alguno. En el mismo procedimiento se establece que si un candidato se voló los topes de campaña, pero no obtuvo el umbral, es innecesario sancionarlo. En otras palabras, el límite entre lo correcto o lo incorrecto dependerá de los resultados electorales, de si vamos a gastar dinero en la reposición de votos o no. Que opacas resultan las reglas del juego. También se dice que, si un candidato habita en un sitio sin internet, no tiene porqué subir información en el aplicativo de “cuentas claras”. Parece que llevar una hoja de Excel a un café internet es complicadísimo para nuestros brillantes aspirantes. 

Les comentaré una última curiosidad. Las cifras de la encuesta del DANE que menciono en esta columna, fueron publicadas el 20 de mayo del 2008 en El Espectador. Han pasado casi 15 años sin mucha mejora  y pienso en las ineludibles leyes de la genética, pues cuando el papá más desprestigiado (los partidos políticos), eligen a sus hijos, el Congreso, segundo ente más desprestigiado, y éste a su vez, elige a sus nietos, la Organización Electoral,  tercera institución más desprestigiada; en un contubernio incestuoso, adquiere un extravagante sentido la obra de realismo mágico Cien Años de Soledad, con Úrsula Iguarán forcejeando para no dejarse preñar de su primo José Arcadio, temiendo que el producto del incesto sea una horrenda descendencia de mutantes sietemesinos con colitas de marrano; la estirpe degenerada sin segunda oportunidad sobre la tierra,  y a la que llamamos  usando estrafalarios apelativos como “magnus”. 

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