«El alma de la familia»: el teniente ibaguereño que soñaba con seguir sirviendo y murió antes de empezar una nueva etapa
Hace apenas cuatro meses había recibido el ascenso que tanto anhelaba. Ya tenía aprobado su traslado a El Espinal, organizaba un nuevo hogar con su pareja y seguía construyendo el futuro que imaginaba junto a su hija de 12 años. Hoy, su familia solo conserva los recuerdos de un hombre que, aseguran, vivió para servir y hacer felices a quienes lo rodeaban.

La última conversación que tuvo con su madre quedó grabada para siempre en la memoria de su familia. El teniente Yeiferson Meneses Aranda, de 37 años, le confesó que estaba preocupado por la situación de orden público en la zona donde prestaba servicio, pero también le contó la noticia que más ilusión le generaba: su traslado a El Espinal ya había sido aprobado.
La familia reveló que el oficial ya tenía aprobado su traslado al municipio de El Espinal, una noticia que había recibido con alegría y esperanza. Según sus seres queridos, la decisión obedecía a que había manifestado sentirse preocupado por amenazas y por la situación de orden público en la zona donde prestaba servicio, por lo que esperaba iniciar una nueva etapa laboral más cerca de su familia.
Durante su trayectoria en la Policía Nacional, Yeiferson Meneses Aranda construyó una carrera marcada por el compromiso con el servicio. Ingresó a la institución como patrullero prestó sus servicios en unidades como Yuldaima, Boquerón y El Salado, donde, según sus familiares, dejó un grato recuerdo entre compañeros y superiores por su profesionalismo y dedicación. Además, mientras ejercía como uniformado, cursó estudios de Derecho y Administración de Empresas con el propósito de fortalecer su carrera dentro de la institución.
Era el comienzo de una nueva etapa. Después de años de esfuerzo, acababa de ser ascendido a teniente, un logro que había alcanzado apenas cuatro meses atrás. Además, estaba ilusionado porque planeaba empezar una nueva vida junto a su pareja. Ya habían comprado la nevera, la estufa y otros enseres para el hogar que soñaban construir.
Ese futuro quedó truncado el sábado 1 de agosto, cuando fue asesinado junto a otro uniformado durante un ataque armado en el corregimiento de Santiago Pérez, zona rural del municipio de Ataco. Para su familia no solo murió un policía. Murió el primo que hacía reír a todos.
«Era el alma de las reuniones familiares. Siempre estaba sonriendo, haciendo chistes, molestando a los primos. Donde estaba Yeiferson había alegría», recuerda uno de sus familiares, quien aún intenta asimilar la noticia.
Desde niño tenía claro cuál sería su camino. Mientras otros soñaban con distintas profesiones, él solo hablaba de vestir el uniforme de la Policía Nacional. Ingresó como patrullero y nunca dejó de prepararse. Estudió Derecho y Administración de Empresas, convencido de que el conocimiento también hacía parte del servicio que quería prestar al país.
Su disciplina lo llevó a crecer dentro de la institución. Quienes lo conocieron aseguran que era un hombre íntegro, dedicado a su trabajo y alejado de cualquier vicio. Su carrera estuvo marcada por el esfuerzo y el reconocimiento de sus superiores, hasta alcanzar el ascenso que tanto había esperado.
Pero si había un motor que impulsaba cada uno de sus proyectos era su hija de 12 años. Aunque ya no convivía con la madre de la menor, nunca dejó de ser un padre presente. Su familia asegura que la niña era una de sus mayores razones para seguir luchando y que gran parte de sus decisiones estaban encaminadas a darle un mejor futuro. «Se querían demasiado. Todo lo hacía pensando en ella», cuentan sus seres queridos.
Su historia también estuvo marcada por el amor. Tras superar una separación años atrás, había encontrado nuevamente una compañera de vida. Soñaba con casarse, establecer un hogar y continuar haciendo carrera en la Policía como profesional.
Hoy esos planes quedaron suspendidos entre el dolor y la incertidumbre. La familia lo recuerda como un hombre sencillo, respetuoso y profundamente comprometido con su profesión. Aseguran que nunca dejó de sentirse orgulloso de pertenecer a la Policía Nacional y que su mayor satisfacción era servir a los colombianos.
Mientras las autoridades avanzan en la investigación para esclarecer el ataque que acabó con su vida, en Ibagué el recuerdo de Yeiferson Meneses Aranda permanece intacto: el de un hijo, un padre, un primo y un policía que alcanzó el grado de teniente, pero que no alcanzó a cumplir los sueños que apenas comenzaban a hacerse realidad.













