ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

El país donde las mujeres son cosas

Crónica de Gardeazábal 216

En Afganistán han hecho todas las guerras que un pueblo puede imaginarse en la historia  y todas las han perdido. Quizás porque fue allí donde los arqueólogos registran que hace 50 mil años se formaron las primeras comunidades organizadas de los seres humanos o porque es el curioso país en donde cada tanto de tiempo siempre han sufrido el yugo de algún invasor y siempre los han derrotado, llámense macedonios herederos de Alejandro o rusos comunistas. Por todo ello o por  algún gen oculto en donde el duro clima, el hambre y  la crueldad han campeado al unísono para enseñar a resistir al invasor, los afganos han visto pasar la historia con todas sus páginas y capítulos sin salir de su pobreza, que apenas sostiene la  producción de heroina. Desde cuando el mongol Tamerlan, descendiente de Gengis Khan, arrasó al país y le desbarató la prodigiosa red de acequias de reguío con las que podían cultivar las áridas tierras en  Afganistán , y nunca pudieron reconstruirlas, han tenido la costumbre de considerar que las mujeres no son seres humanos sino simples cosas. Con el triunfo de los talibanes sobre los rusos a finales del siglo pasado, ese denigrante trato a la mujeres se hizo público y ellas quedaron ante los ojos del mundo como las únicas mujeres en el siglo XX que no tenían acceso a los servicios sanitarios básicos, ni a recursos financieros y carecían de libertad para elegir pareja porque podrían ser condenadas por mirar otro hombre distinto a su marido o sus hijos.  Al fin de cuentas la violación tampoco era considerada un delito punible. La llegada de los Estados Unidos  y las tropas de la Otan restablecieron por los últimos 20 años el reconocimiento a la mujer, pero desde el mes entrante cuando salga el último soldado gringo y Estados Unidos  y Occidente reconozcan, como en Vietnam hace medio siglo, que también perdieron otra guerra, el trato miserable a las mujeres reaparecerá. Los talibanes habrán vuelto entonces y aunque el terror sepulte a las hembras afganas, todavía no se ha escuchado a las gritonas feministas ni a las histéricas que lograron convertir el placer de la seducción en un delito, protestando o abofeteando al mundo entero para que ese miserable trato a las mujeres no se consolide. No hay ONU ni Derechos Humanos ni #Me too, ni nada ni nadie , que impida que desde la primera semana de agosto las mujeres de Afganistán vuelvan a ser consideradas  otra vez como simples cosas, no como seres humanos respetables.

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, julio 14 del 2021

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