
En Buenos Aires, tan lejos de la tierra que lo vio nacer, se apagó la vida de Juan Sebastián Jiménez Mantha. Tenía apenas 28 años, pero había vivido con la intensidad de un alma grande. Hijo del médico Carlos Jiménez David y de Sonia Mantha, hermano de Óscar, Vanessa y Carlos, Sebastián fue desde el inicio el niño consentido, amado y celebrado en su hogar ibaguereño.
Su padre lo recuerda así:
—“Cuando nació en 1997, yo trabajaba en Electrolima y en el Seguro Social. Fue una sorpresa, como lo son todos los embarazos, pero lo recibimos con alegría. Sus hermanos lo rodearon con cariño y desde el primer instante se convirtió en el centro de nuestra familia. Era divino, alegre, un niño humanitario, incluso más servicial que yo mismo.”
La infancia de Sebastián fue un juego de risas y abrazos. En casa todos lo cuidaban, y él respondía con ternura y entusiasmo. El colegio lo llevó primero al Tolimense, y luego al Champagnat, donde enfrentó el peso de las diferencias sociales. Sin embargo, nada doblegó su espíritu:
—“Él no guardaba rencor —dice su padre—, era un muchacho resiliente, decidido. De esas experiencias salió más fuerte, con más claridad de lo que quería ser.”
Al principio, soñó con ser ingeniero. Pasó a la Universidad Nacional y a El Bosque en Ingeniería Química. Pero en su corazón la medicina brillaba con fuerza. —“Al principio pensaba en Ingeniería Química, incluso pasó a la Universidad Nacional y a la Universidad El Bosque en esa carrera. Pero en el fondo, siempre quiso ser médico. Se presentó en la FUC Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud y allí estudió Medicina.»
Allí, en medio de los estudios y la pandemia, compartió con su padre momentos imborrables:
—“La época del rural en Honda fue para mí la más linda. Yo podía ir cada ocho días, llevarle alimentos, estar con él. Eran días de pandemia, difíciles, pero nos unieron más que nunca.”
Fue durante una rotación cuando descubrió su verdadera pasión: la oftalmología. Viajó a México para aprender más y allí nació un amor definitivo por esa especialidad. Más tarde, su camino lo llevó a Argentina, donde ingresó primero a la Universidad de Buenos Aires y luego a la Universidad de San Salvador.
—“Durante sus estudios hizo una rotación en oftalmología y ahí nació su pasión. Viajó a México para hacer un curso en el Instituto Mexicano de Oftalmología, y desde entonces se enamoró de esa especialidad. Tanto así que decidió continuar su formación en Argentina.”
En el Hospital Oftalmológico Juan Domingo Perón ya era residente destacado, coordinador de jóvenes médicos, tutor, guía. Estaba a punto de graduarse y soñaba con regresar a Colombia tras culminar un fellow en Neurooftalmología.
Su padre lo recuerda con orgullo:
—“Era tan humilde y amoroso… Cuando otros residentes lo trataron mal en sus inicios, él nunca respondió con odio. Solo con conocimiento, con bondad. Era exigente consigo mismo, siempre buscando la excelencia, pero sin perder nunca la humanidad. Quien quisiera discutir con él debía saber más, porque Sebastián no se rendía nunca. Rozaba la perfección en todo lo que hacía.”
El cariño que dejó en Argentina fue inmenso. Sus compañeros escribieron en su memoria:
“Con profundo dolor, despedimos a nuestro amigo, colega y compañero. Un excelente profesional, pero más aún, un gran ser humano. Gracias por guiarnos con amor y calidez. ¡Hasta siempre, Sebas!”
Y su amiga y colega Daiara Campos resumió su legado con sencillez:
“Fue de los mejores residentes que tuvo el hospital. Nos enseñó a ser buenos médicos, pero sobre todo a ser buenas personas. Quería mucho a sus pacientes, y todos le queríamos a él.”
De su vida, el doctor Carlos guarda imágenes que ahora son tesoros. Una foto, abrazando a Sebastián cuando tenía cinco años, y otra, del último cumpleaños celebrado juntos, en marzo de este año, en Santa Marta.
—“Él no quería regalos, decía que lo único que le apasionaba era viajar con nosotros. Ese viaje al mar, con Sonia y conmigo, fue un cumpleaños feliz.»
Con voz quebrada, pero firme, el padre resume lo que fue su hijo:
—“Dicen que no hay muerto malo, pero Sebastián es la excepción a todas las reglas. Fue el mejor en todo: como hijo, como hermano, como médico, como persona. Siempre entregado al máximo, siempre lleno de amor. Ese fue y será siempre mi Sebastián.”
Sebastián no se ha ido: vive en la memoria de sus padres, en el amor de sus hermanos, en la gratitud de sus pacientes, en la voz de sus colegas y en cada mirada que alguna vez devolvió con su ciencia y su bondad.
Desde DonTamalio.com, elevamos oraciones al cielo por su descanso eterno y que su familia y seres queridos sientan en sus corazones el amor de Dios abrazándolos en estos momentos difíciles.














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