ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

Increible calle de honor

Crónica 312 de Gardeazábal

Tal vez el paso de los años y las estulticia conque viene acompañada la vejez, mientras nos hacemos chochos del todo, nos permite emocionarnos todavía. En una edad como la mía, cuando ya lo sorprendente no existe y solo el feliz recuerdo de los amigos que nos ayudaron a vivir permite que conservemos algunas cuerdas del diapasón de ese inacabable instrumento sentimental que nos conmueve, me ha hecho vibrar al mirar los  minutos del video con que la Radiotelevisión Española nos hizo posible presenciar el funeral de la novelista Almudena Grandes, fallecida el fin de semana anterior en Madrid.

Fui un discontinuo lector de sus novelas, pero desde cuando la generosidad nunca bien agradecida del antiguo presidente de Caracol, Don Juan Piedra, me hace llegar cumplidamente cada semana las publicaciones dominicales de la prensa española, me volví un fanático de la columna que Almudena escribía en El País Semanal. Esa misma franqueza narrativa conque nos conquistó a muchos contándonos la historia de la España sangrienta y contradictoria de su infancia, la España que siguió viviendo aún en medio de la guerra, la república y el franquismo, aparecía en su nota semanal casi que abofeteándonos.

Republicana, anticlerical e izquierdista pudo no gustarle a muchos, pero nos capturó a quienes le habíamos seguido sus narraciones sobre esa guerra interminable que describió con valentía. En el video de su funeral se ven centenares de hombres y mujeres maduros, hijos y nietos de los que hicieron la guerra, llevando en sus manos no las flores conque se cubren los féretros sino  los muchos libros que publicó ,los que levantaban orgullosos como banderas al paso de su ataúd en una larga y vibrante calle de honor, gritando vivas a la difunta  hasta que llegó a su tumba.

Ahí estaban el señor Sánchez, presidente del  gobierno español y varios de sus ministros acompañando a su esposo García Montero, presidente del Instituto Cervantes y a sus tres hijos, pero, fundamentalmente centenares o acaso miles de sus lectores que la siguieron con frenesí y la idolatraron como a pocos escritores del país ibérico. Eran ellos los que portaban sus libros, envejecidos y gastados, y los levantaban al lado y  lado de la calle honrosa, haciendo arco uno con otro como testimonio de un aprecio nacido de muy adentro y como ejemplo de cuanto se puede llegar a hacer parte del patrimonio de una nación y de un pueblo contando sus momentos de dolor, sus pesares y sus mitos heroicos. Qué bello y conmovedor homenaje !

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, diciembre 1 del 2021

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