Jorge Enrique Robledo

Por fin, la buena noticia

Por fin, luego de un larguísimo medio siglo, los colombianos pudimos celebrar que terminara el alzamiento armado de las Farc contra el Estado, levantamiento que no debió darse porque fue equivocado desde el mismo momento en que lo concibieron y que no solucionó nada y lo empeoró todo. Lamentar que lo que debería ser un consenso nacional, el de saludar lo que sin duda constituye un suceso positivo para Colombia, no lo sea, en razón de que, enredando unas cosas con otras, sectores influyentes convencieron a muchos de negar hechos que pueden confirmarse como ciertos hasta la saciedad.

Un proceso de paz con tantas complejidades, tras los horrores de una violencia tan larga, puede generar desacuerdos y hasta reacciones indignadas. Incluso puede entenderse –aunque no la comparto– la idea de que la confrontación armada debió mantenerse por cualquier cantidad de tiempo hasta someter a bala a las Farc. ¿Pero negar la entrega de las armas que les traspasaron nada menos que a los representantes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? ¿O negar que a fecha fija la ONU también recibirá las caletas de las Farc, cuyos sitios están identificados? ¿Y que esas armas llevan dos años sin utilizarse, evitándonos varios miles de muertos y heridos?

Por lo demás, como también está probado, el proceso de paz, incluida la parte de las armas de las Farc, cuenta con el respaldo de Estados Unidos y de las demás potencias militares del mundo, al igual que de los restantes países. Y lo respaldan el Ejército de Colombia y la Policía Nacional, que además participaron en su diseño. ¿Será que todos ellos son cómplices de una pantomima diseñada para engañar a los colombianos? ¿También son castro-chavistas?

Para negar estas verdades usan sofismas, es decir, afirmaciones ciertas para sostener falsedades. «Como continuarán otras violencias, este proceso de paz es falso», «como seguirán el desempleo y la pobreza, no sirve el proceso de paz»; «como se mantendrá la gran corrupción nacional, para qué este acuerdo», «como Santos es mal Presidente…». Y así, ocultando que el proceso no se diseñó para resolver todos los problemas nacionales, sino uno específico, que no es el causante de los otros y que además ha dificultado solucionarlos.

Parte de la confusión, y del uso que algunos le dan, tiene que ver con no reconocer que el problema de fondo no son las armas. Sino su uso. Porque las armas no se disparan solas, necesitan de una voluntad para dispararse. Y dicha voluntad fue la que cambió y la que explica el éxito del desarme, el aspecto principal del proceso de paz. Las Farc no se levantaron en armas como una respuesta inevitable a la pobreza y a falta de condiciones democráticas en Colombia, además de otras lacras sociales y políticas, males que no desaparecerán con los acuerdos de La Habana. Entraron en rebeldía militar porque tomaron la decisión política de tomarse el poder a tiros. Y hoy las armas les estorban porque decidieron actuar en la sociedad de otra manera. Así de simple, para el que quiera entenderlo.

Coletilla uno: el caso del fiscal anticorrupción corrupto avergüenza a los colombianos ante el mundo. Pero más nos deberían avergonzar otros dos hechos. Que se permita que el Fiscal General Martínez Neira no explique por qué nombró a Luis Gustavo Moreno en ese cargo. ¿Porque era su amigo, y él mismo le hizo de fiador? ¿Porque alguien de su confianza se lo recomendó y avaló? ¿Quién, por qué relaciones, de qué partido? Que explique, que le de la cara al país. Y que también se tolere la alcahuetería con la que tratan la incapacidad de Martínez, para decir lo menos. Porque una breve indagación le hubiera indicado que era un riesgo inaceptable nombrar a quién nombró. ¿Hasta cuándo se tolerará que los mismos sigan con las mismas?

Coletilla dos: en agosto haremos el debate de Cafesalud-Saludcoop en el Senado. Puede que hasta cierren el negocio. Pero el país conocerá la verdad total sobre este otro caso, y sobre cómo los favorecidos por este contrato sastre, a la medida de ellos, no garantizan que mejore la pésima atención a los clientes de la EPS.
 

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