«Levantó su manito y le dijo adiós a un helicóptero, como los niños» Así fue el último adiós de Omaira
A 40 años de la tragedia de Armero, el voluntario de la Defensa Civil, Gustavo Heraclio Lastra, revive los momentos de horror, impotencia y dolor que vivió acompañando en sus últimos días Omaira Sánchez.

Cuarenta años han pasado desde aquella madrugada del 13 de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz borró del mapa a Armero, dejando más de 25.000 muertos. Pero para Gustavo Heraclio Lastra, voluntario de la Defensa Civil en ese entonces, el tiempo no ha borrado las imágenes, los gritos ni la impotencia de aquella noche en la que el país despertó entre el lodo.
“Empecé a los 13 años como Civilito, en la Defensa Civil”, recuerda Gustavo con voz pausada, tratando de contener el nudo que le oprime el pecho. “En el momento de la tragedia yo estaba terminando el bachillerato en el Leónidas Rubio. Habíamos salido de un examen y estábamos en la cafetería comentando cómo nos había ido, cuando sonó la primera sirena en la 19 con segunda. Con la segunda me puse alerta. Ya con la tercera supe que era algo grave”.
El llamado del deber
La palabra clave tragedia de Armero aún le estremece. No había redes, ni celulares, ni medios que confirmaran la magnitud del desastre. Gustavo corrió a llamar a la oficina de la Defensa Civil, pero las líneas estaban colapsadas. Solo hacia la una y media de la mañana escuchó el nombre que lo marcaría para siempre: Armero.
“Salí sin pensarlo. Llegué hasta la oficina y me puse a órdenes del capitán Perdomo. En ese momento apareció don Rafael Mora Vidal, un comerciante que ofreció su camioneta para llevarnos. Nos subimos y salimos hacia el norte. Cuando llegamos a Lérida, la gente estaba en el parque, confundida, pero sin saber qué hacer. Le pedí a don Rafael que nos acercara lo más posible. Llegamos hasta donde el lodo nos dejó avanzar. Ya estaba amaneciendo cuando nos bajamos”.
El descenso al infierno
Gustavo recuerda cada sonido. “Los gritos de auxilio, los perros aullando, el ganado desorientado… era el sonido del horror. No se veía nada, solo la oscuridad y el olor del barro caliente”.
Atados con una cuerda alpina, comenzaron a avanzar entre el lodo. “Nos amarramos a la cintura y caminábamos tanteando el terreno con cañas bravas. Así llegamos hasta el club Los Pijaos, donde encontramos heridos y muertos. Empezamos a atender con lo poco que teníamos en los botiquines”.
Su primera atención fue a una persona con una pierna cortada. “Se la limpié y vendé mientras esperábamos los helicópteros. Cuando empezaron a sobrevolar, les hicimos señas y comenzaron a evacuar a los heridos”.
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El encuentro con Omaira
En la tragedia de Armero, un nombre quedó grabado en la memoria colectiva del país: Omaira Sánchez. Gustavo fue uno de los primeros en verla.
“Subí en uno de los helicópteros y desde arriba alcancé a divisar una cabecita de cabello negro. Le pedí al piloto que descendiera. Me bajé y fui hasta allá. Era Omaira. Solo se le veía la cabeza. El agua le tapaba la nariz y la boca, así que lo primero fue sacarle el agua de la cara para que pudiera respirar. Los ojitos ya estaban hinchados, llenos de sangre. Estaba muy mal, pero viva”.
Con voz quebrada, Gustavo revive ese instante. “Me le presenté, comencé a hablar con ella. Me dijo que al otro día tenía examen de matemáticas, que no quería perder el año porque llevaba dos días sin ir al colegio. Ella no entendía la magnitud de lo que estaba pasando. Tenía una fuerza impresionante, esas ganas de seguir viva. Cantábamos, orábamos, repasábamos las tablas de multiplicar. Era una niña con un corazón gigante”.
Entre el lodo, descubrieron algo más: “Ella me dijo que tenía a la tía entre las piernas. Metí la mano y efectivamente había un cuerpo. Estaba montada sobre su tía muerta, y eso fue lo que dificultó poder sacarla”.
La impotencia del rescate
«¿Ella se despidió de usted, Gustavo? No señor.»
Gustavo estuvo con Omaira hasta el final. “Desde que la encontré hasta el sábado a las diez de la mañana. Murió en mis brazos. No me dijo adiós con palabras, pero levantó su manita al ver un helicóptero, como despidiéndose. Fue un momento de desesperación, de angustia, de impotencia. No poder hacer nada, eso fue lo más duro.”
Todavía le duele recordar que la muerte de la niña pudo haberse evitado. “Si una de esas motobombas hubiera servido, la hubiéramos rescatado. Llegaron dos, pero ninguna prendió. No teníamos equipos, no teníamos herramientas. Trabajamos con las uñas, con ollas, con lo que había. Sacábamos el lodo con las manos, con tejas, con palos, con bultos de comida. Pero el agua volvía y todo se llenaba otra vez”.
Una herida que no cierra
Después de cuatro décadas, Gustavo no olvida. “He vuelto a Armero muchas veces, pero cada visita es como abrir una herida. Me da la misma angustia, el mismo desespero. Quisiera poder devolver el tiempo.”
Hoy, con 48 años de servicio en la Defensa Civil, sigue siendo voluntario. “Si hubiéramos tenido la tecnología y la organización que hay hoy, todo habría sido distinto. Ahora hay equipos, hay coordinación. En ese tiempo solo teníamos voluntad.”
Para él, la tragedia de Armero no solo fue una catástrofe natural, sino también el reflejo del abandono estatal, de la falta de prevención y de la ausencia de respuesta oportuna. “Nos tocó solos, sin dirección, sin medios. El dolor de Armero también fue político. Nadie escuchó las advertencias”.
El mensaje del rescatista
A pesar de todo, Gustavo guarda esperanza en las nuevas generaciones. “A los jóvenes les digo que tengan fortaleza, ganas de vivir, de luchar por su familia, por sus sueños. No es fácil, pero se puede. Hay que seguir adelante”.
Y cuando termina de hablar, su voz se apaga. En el silencio, el eco del pasado vuelve a resonar: los sirenazos, los gritos, el lodo… el horror de una tragedia que, 40 años después, sigue viva en la memoria de un hombre que nunca dejó de servir.
Un homenaje a los héroes anónimos
Cuarenta años después de la tragedia de Armero, el país aún debe rendir homenaje a esos hombres y mujeres que, sin esperar recompensa, se lanzaron al lodo para salvar vidas. Voluntarios como Gustavo Heraclio Lastra y tantos otros miembros de la Defensa Civil Colombiana, Bomberos, Cruz Roja y rescatistas anónimos, fueron y siguen siendo símbolo de coraje, entrega y humanidad.
Ellos, con el corazón por delante y la esperanza como única brújula, enfrentan cada desastre con la firmeza que les da su juramento: servir. No los mueve el dinero ni la fama, los impulsa el compromiso con la vida, la solidaridad y el deber. Son hombres y mujeres que, como dice su lema, permanecen “listos en paz o en emergencia”, siempre dispuestos a tender una mano amiga en medio del caos, a consolar en el dolor y a devolverle al país un poco de fe cuando todo parece perdido.
Hoy, su labor merece no solo respeto, sino gratitud eterna. Porque mientras muchos corren del peligro, ellos corren hacia él. Porque en cada tragedia, su entrega silenciosa escribe las páginas más nobles de nuestra historia.






