ColumnistasDagoberto Páramo Morales

La Normal en el Metropol

Evocaciones

¿Cómo olvidar lo vivido el martes 4 de diciembre de 1973 por unos egresados de la Normal de Ibagué?

Imposible dejar que esos recuerdos se pierdan en la espesura del tiempo y en la nebulosa de la existencia. Algo les decía que la ceremonia de grado de esos 123 normalistas sería el acto con el que darían rienda suelta a sus sueños de jóvenes adolescentes, con ardientes deseos de atragantarse de mundo y de esperanza por un mañana mejor. Parecían solitarios tejedores de sueños y de fantásticas ilusiones zurcidas en miles de horas, escuchando la palabra de sus profesores y el anhelo de sus padres que se la habían sudado por asegurarles el futuro que empezaría por convertirse en transformadores de sus discípulos. Los sentimientos se entremezclaban de forma por demás paradójica. En sus almas había un dejo de regocijo que se manchaba con dolorosos matices de nostalgia porque sabían que ya no se volverían a ver con los amigos con quienes tantos años habían compartido conocimientos y pilatunas.

El escenario era imponente: el teatro Metropol tan de moda por esos días; sin duda, era lo mejor que la sociedad ibaguereña tenía para sucesos de ese estilo. Lo había construido cinco años atrás un locutor de radio -Camilo Raful- antes de vendérselo a la familia Ramírez -dueña de todos los cines de la ciudad: Nelly, Imperial, Avenida-. El ambiente adentro era de enormes contrastes. En medio de las alfombras, la cojinería de las sillas y las cortinas de un riguroso rojo carmesí, podían verse a varias graduandas luciendo sus cachumbos tan de moda, con vestidos azules de terlenka y cuello blanco, haciendo juego con el traje completo de los muchachos -con saco y corbata- en el que resaltaban sus pantalones de bota campana, hechos de terlenka también azul y acompañados por los zapatos de plataforma que los hacían ver más altos de lo que han sido. Ellas, con sus cabellos cuidadosamente peinados para la ocasión, habían atendido las sugerencias de sus progenitoras y familiares o habían hecho un acuerdo entre ellas mismas. Los hombres con sus largas cabelleras -algunas tipo afro- como signo de rebeldía y de inconformidad por lo que el mundo vivía y que infortunadamente sigue viviendo.

El ambiente reflejaba la extrema felicidad que se dibujaba en sus juveniles rostros y en el de sus familiares y amigos. Imposible desconocer los ríos de satisfacción que les tocaban la conciencia: no todos tenían, ni siguen teniendo el privilegio que algunos poseen de estudiar en este país tan lleno de inequidad. Todos fueron llegando: unos presurosos porque siempre llegaron tarde a todas partes; otros, con trajes prestados porque el bolsillo no alcanzaba; otros volados del trabajo porque sus jefes no les dieron permiso de asistir; otros, con mejores recursos porque no encontraban espacio en el parqueadero de al lado. Todos se fueron reuniendo; elegantes, finamente preparados, sonrientes, con el alma adherida a sus frágiles humanidades, listos para lo que vendría. La tensión iba en aumento hasta que lo inevitable llegó: la ceremonia de entrega de diplomas. Ésta, siguió con el riguroso ritual de esos tiempos que aún se añora por los cambios que se han impuesto. La tradición ha sido vencida ante el empuje de la modernidad que le ha arrebatado su esencia. En esos días era tan trascendente obtener el título de maestro que los profesores y directivos encargados lucían una mueca de contraste entre la seriedad del momento y la socarrona sonrisa con la que su rostro retrataba el deber cumplido. Uno a uno fue pasando a la tarima adornada de manteles. El encargado de entregar el diploma lo tomaba con la mano izquierda, ponía el texto hacia sus exalumnos, y los felicitaba con la mano derecha. Los graduandos, como un espejo, hacían lo mismo: recibían el diploma con la mano izquierda y estrechaban la mano derecha de quien se los entregaba estableciéndose una especial conexión emocional entre uno y otro.

Terminada la ceremonia se retiraron a disfrutar de las diferentes reuniones familiares que se celebraron en las casas de cada uno de los que pudieron organizarse una. Algunos se la pasaron toda la noche de fiesta en fiesta, sellando este evento para siempre en su alma y en sus recuerdos. Y otros, simplemente prosiguieron la noche como una más de sus acostumbradas jornadas.

Estos son retazos de esa ceremonia de graduación de unos egresados de la Normal Nacional de Ibagué, cuyos lazos aún mantienen entre sí. Una auténtica mezcla de alegría que se combinó con muchas expresiones de tristeza como si todos hubieran sabido que iban a tener que esperar casi 45 años para volverse a encontrar en una ceremonia que duró todo un día y toda una noche, al compás de Sandro, Los Pasteles Verdes, José José, Los Ángeles Negros, Leo Dan, Rodolfo Aicardi, Gustavo Quintero, Pastor López y tantos otros artistas que los han acompañado por tantos años. Cada uno hoy convive con sus propias nostalgias y se siente orgulloso de haber puesto a prueba el valor de su título obtenido a principios de los años 70 del siglo pasado, cuando el mundo estaba pintado de colores diferentes.

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Un momento para la crónica y el grato recuerdo.

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