ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

SUICIDIO NAVIDEÑO

Todos quieren la navidad.La quieren en Berlin y en Tuluá, en Bogotá y en Estocolmo.

Todos necesitan comprar los regalos de siempre y se conceden permisos y licencias para salir a San Victorino a aprovechar el madrugón o a la Quinta Avenida para colgarse de los descuentos de temporada. Todos, o más bien cada uno, creen que si salen a hacer las compras o a untarse de navidad por una tarde o una mañana o un par de horas, los demás no van a salir y no habrá posibilidad de contagio. Y como ni ellos, ni nadie, ni Bill Gates, saben cómo verdaderamente se contagia la enfermedad, todos terminan jugándose el aventón  de salir creyendo que no se las pegan. Mientras se aproxima navidad y año nuevo va a ser peor.

En Alemania entraron ayer en restricción comercial total, no en parcial con pico y placa y cédula como en muchas ciudades de Colombia. En Tokio la responsabilidad se la echan toda al nuevo primer ministro que hizo lo mismo que por acá, promover el turismo para que el renglón de la hostelería y de las aerolíneas no terminara de morirse y desde la casa de gobierno, directa o indirectamente   posibilitaron el apoyo y la publicidad a los viajes. En Inglaterra los pubs están cerrados pero la gente no usa tapabocas. En Cali la Feria va a ser virtual y el alcalde ha pedido que la final de América y Santa Fé se trasmita por televisión abierta y no por la clasista odiosa de winplus.

EL SORDO GENIAL, Por Gustavo Álvarez Gardeazábal

En Suecia el rey regaña a los epidemiólogos mentirosos. Todos los alcaldes y gobernadores quieren tomar medidas tibias para no contrariar el espíritu de la navidad, pero se chocan con la misma pared. La gente no quiere entender que el covid mata. Los de la OMS y por supuesto los del Minsalud Colombia no aceptan que el coctel de medicinas propuesto por los médicos de Cali que encabezan Jimeno Rojas y Oscar Gutiérrez se publicite para impedir el avance de la peste ( 1 purgante para vacas, otro para yardeas, un anticoagulante plaquetario, un antibiótico tradicional y un analgésico nasal). No es un remedio del otro mundo, pero es efectivo. Es diciembre y es navidad. La alegría no se puede matar con más medidas restrictivas.

El espíritu navideño no se puede atajar impidiendo las cenas familiares o pidiendo el tapabocas que se quita para beber y comer y después, con tragos en la cabeza, para poderse abrazar y hablar duro si no es que terminan cantando ante la falta de bailes y conciertos. Parecería más bien que nos acercamos a un suicidio colectivo. Todos nos queremos dar un permisito no más. Una escapadita inocua de las normas recomendadas. Y aunque sabemos que la peste acecha detrás de cada canita al aire, ahí vamos como las ratas del flautista de Hamelin, convocados por el deseo navideño rumbo al abismo final.

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