Dagoberto Páramo MoralesColumnistas

Tarde de cine dominical

Evocaciones

La tarde de domingo luce tan radiante que se siente el silencio que recorre la ciudad como un murmullo que deja oír las hojas de los árboles que desde las aceras se revuelven al compás del viento que cadencioso se deja sentir en cada esquina. La ciudad está sola, sumergida en sus propias desazones y a la luz del silencio que producen las calles vacías de ruidos y humos de los automotores que la recorren a diario. 

Los impetuosos enamorados sueñan con tener cálidos momentos de intimidad en la oscuridad de la sala de cine. Desean esconderse de los mirones que abundan por doquier y huir de las ojerizas que no los dejan disfrutar de los arrebatos de su amor adolescente que llevan entre pecho y espalda y que nada ni nadie ha podido derrumbar. La furtiva cita fue concertada para muy cerca de la hora del matinée que empieza a las tres y treinta de la tarde. Se encontrarán justo en la puerta de entrada a la sede de Telecom, en la esquina de la calle catorce con la carrera cuarta.

Él, sin restricciones de padres controladores, sale de su residencia de paredes de bloques de cemento y puertas de metal. Para ahorrar dinero decide irse a pie. Camina sobre la calle veintitrés hasta llegar a la carrera tercera, dobla a la derecha y con su paso cansino pasa frente al comando de la policía que lo hace estremecer. Ese espacio inundado de un verdor aterrador no le trae buenos recuerdos. Sigue. Saluda a uno de los bomberos voluntarios que muy efusivo lo abraza, es hijo de uno de los mejores amigos de su padre. Avanza con una culebreante emoción que le inunda sus rincones de adolescente pleno de ansiedad. Ya quiere llegar. Sin pausa, pero con prisa pasa frente al café “El Patio”. ¡Cuántos recuerdos lo sacuden! Tardes y noches de billar con amigos y hasta con desconocidos. Sigue, atraviesa la avenida quince y llega a la esquina de la catorce, dobla a la derecha y se para frente al edificio a esperar a su amada. Sabe que aún faltan quince minutos, pero prefiere llegar temprano; herencia de su abuelo de no hacerse esperar nunca. 

Ella, bajo el ojo acusador de su celoso padre y ante la medrosa actitud de su asustadiza madre tiene que inventar una excusa: estudiará toda la tarde con una compañera -la hija de una operadora de Telecom- quien le explicará algunos temas de matemáticas que no entiende muy bien. Tener novio está reservado para gente adulta y de su propia alcurnia, y, por supuesto, aprobado por sus padres. Y ella, aún no alcanza tan exigente pretensión. Sale de su inmensa casona rodeada de jardines y amplios espacios, ubicada en Interlaken, detrás de la Fábrica de Gaseosas. Al estar en la calle, respira con todos sus huesos y empieza a caminar con paso más acelerado. Se le ha hecho tarde, como siempre. Casi trotando se enrumba por toda la calle sexta hasta desembocar en la calle quince, ahí dobla a la izquierda, se cambia de acera, atraviesa la carrera quinta, y después de cruzar la carrera cuarta, se mete por la pequeña bocacalle que la dejará frente a la estatal empresa de telecomunicaciones. Su corazón galopa con tan solo imaginar lo delicioso que se la pasarán esa tarde. 

Lustrando en el Granodioro

Se encuentran diez minutos después de lo acordado, se abrazan y se besan con el cuidado de los amantes que no quieren ser vistos. Se toman de la mano y con la sonrisa en sus rostros limpios llegan a la carrera tercera, doblan a la derecha y jugueteando como niños en la escuela quieren cambiarse de acera. Quieren entrar al Florida a comer empanadas antes de la función de la tarde, pero deciden no hacerlo. Están ansiosos. Siguen por la carrera tercera hasta llegar a la calle doce y ahí voltean a la derecha. Quieren disfrutar y disfrutarse la película de moda: “Emmanuelle”, muy criticada por el exceso de piel y de sexo que exhibe su protagonista: la actriz holandesa Sylvia Kristel. Anhelantes, llegan a la taquilla del Teatro Imperial y piden dos boletas. Su sonrisa se transforma en un dejo de decepción: no se las venden porque esa película es para mayores y solo la pasarán en la función de la noche -ni siquiera en vespertina-. Se miran apesadumbrados y no saben qué hacer. Como lo importante es estar juntos en medio de la penumbra y el anonimato, compran las entradas para ver “Los girasoles”, dirigida por Vittorio De Sica. Se miran ansiosos.

Aunque faltan unos minutos para el inicio de la función, entran, y en medio de candorosas y picarescas sonrisas se dirigen a la alargada sala de cojines oscuros y cortinas del mismo tono. Buscan las últimas sillas y se sientan en un rincón. El lugar preferido por los amantes clandestinos. Cogidos de la mano se dan un beso y se aprestan a retozar sus alientos y a disfrutar su cercanía sin ser juzgados por nadie. Hablan, se acarician, se deleitan con la emoción zurcida en el amor que se juran eterno. Apagan las luces y después de ver varios cortos de las películas que presentarán después, inicia el filme. Sofía Loren, junto a Marcelllo Matroiani, luce espléndida y llena de una sensualidad que muchos condenan pero que la hacen ver más atractiva y provocativa. Sus grandes ojos dejan leer el cúmulo de pasión que trasluce cada una de las escenas rodadas para mostrar al soldado italiano que lucha en la segunda guerra mundial después de haberse casado recientemente.

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Los dos enamorados, embebidos, abren sus entorchados ojos cuando sin sospecharlo se encienden las luces y en el blanco telón se puede leer un aviso que los desconcierta no por no saberlo, sino por lo inesperado: “visite la cafetería”. Están en el intermedio y los propietarios del cine necesitan mejorar sus ingresos. El mecato y los clientes que no pueden ir al cine sin consumir palomitas de maíz con alguna gaseosa, son la combinación perfecta. Los jóvenes no se mueven, no quieren arriesgarse a que los vean. Se enconchan más sobre sus propios cuerpos y esperan a que las luces se vuelvan a apagar. Después de diez minutos regresa la oscuridad que parece más cerrada que antes. Los ojos se tienen que acostumbrar, piensa él. Transcurren los minutos en medio de amores y desamores hasta que el aviso de “Fin” aparece y unas largas cortinas tapan el telón. Ellos saben qué hacer. Se quedan sentados esperando que la sala se vacíe de tanto fisgón. Cuando quedan completamente solos se levantan de sus sillas y se dirigen a la salida que no es la misma por donde entraron. Salen a un parqueadero, más melosos que antes. Ya en la calle, bajan hasta la carrera cuarta, caminan hasta la carrera quinta, la atraviesan y llegan a la carrera sexta. A esa hora es menos concurrida. Menos peligrosa para sus amores escondidos. Caminan hasta la calle quince y se separan. Antes, se abrazan y se dan un beso rápido pero cargado de todo lo que les bulle en su interior. Ella sigue bajando por la sexta y él se regresa hasta la carrera cuarta. Decide regresar a su casa, pero ahora con una mayor alegría entre sus venas y sus ilusiones de joven enamorado y hecho para conquistar el mundo a punta de voluntad y convicción.

Dagoberto Páramo Morales

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