ColumnistasDagoberto Páramo Morales

Lustrando en el Granodioro

Evocaciones

Con la acostumbrada pereza de los lunes, el hombre de rojizos cabellos y pecas que parecen sobrarle en su delgado rostro se levanta de la cama que ha compartido con su larguirucha esposa y el menor de sus hijos. Se estira cuan largo es y sale al patiecito a bañarse a totumazo limpio, mientras la aguapanela hierve en la pequeña cocina que muestra los estragos del humo del fogón de kerosene. Con su boca desdentada y seca mastica el último de los calados que alcanzó a comprar el domingo con los restos de la plata de las lustradas que hizo el fin de semana. 

Sale de su casa de zinc por todos lados que hizo con la ayuda de los vecinos el día que invadieron un lote al lado del Cementerio San Bonifacio, donde ahora viven casi treinta familias en medio del abandono oficial y el olvido de muchos.

Con su pierna derecha a cuestas por las heridas que le propinó un conductor ebrio un día de San Juan en plenas fiestas folclóricas, se sube por la puerta de atrás del bus de color rojo y blanco que cubre la ruta Brisas-Belén. Casi ningún chofer le cobra por la rala amistad que los une. En sus manos porta sus herramientas de trabajo: la caja de lustrar zapatos, el betún de diferentes colores, las grasas, los líquidos, los trapos, los cepillos. Se sienta en la última banca y aguarda a que el vehículo haga todo el recorrido al compás de Bovea y sus Vallenatos que el chofer pone a todo volumen, aunque a alguien no le guste. Después de casi treinta minutos y en medio del tráfico de la mañana que empieza a despertar a la ciudad, se levanta, toca el timbre en cuando avista la Funeraria Flórez y se alista para bajarse agarrándose como puede.

Después de un “gracias, amigo”, y con un poco de dificultad el lustrador toca el piso que aun conserva el rocío de la madrugada, abraza su caja, y se dirige cabizbajo hacia su sede principal de trabajo, donde todo el mundo lo conoce y se siente a sus anchas. Cansino y silencioso atraviesa la carrera segunda con calle doce, saluda a “Condorito” que le sonríe desde dentro de la caseta de periódicos y revistas ubicada frente al Teatro Metropol. Al pasar frente a las instalaciones de la Voz del Tolima, no puede evitar sobrecogerse ante los recuerdos de sus tres participaciones en varios concursos de cantantes infantiles, cargado de sueños y deseos de salir adelante. La nostalgia lo invade. Sigue, llega a la tercera, dobla a la izquierda, ojea la cartelera del Teatro Tolima hasta que llega al Café Granodioro.

A esa hora, casi las 9 de la mañana ya los de siempre se juntan en ese cafetín de día y medio bar de vespertina, ubicado en el número once-cuarenta y seis de la eterna carrera tercera por donde transita gente en una especie de sube y baja sin propósitos siempre claros. Saluda al conspicuo periodista Jorge Eliécer Barbosa que con libreta en mano y periódico bajo el brazo se desparrama en conocimientos con dos ancianos que efusivos lo saludan con cariño y admiración. El lustrador -embolador- entra a las instalaciones, saluda a una de las empleadas que limpia una de las 28 mesas de madera y metal que reciben a cuanto curioso se le antoja sentarse a echar carreta como si el mundo se fuera a acabar. Como todos los días, pide un tintico y se acomoda en la primera mesa desde donde no solo puede contemplar los transeúntes que agitados corren en difusas direcciones, sino que puede apreciar el “Mural del hombre y el paisaje tolimense”, hecho por el ibaguereño de nacimiento y antioqueño de adopción Alberto Soto Jiménez y que con la técnica del mosaico refleja la contemporánea herencia de la pujante raza pijao. De la greca italiana de tres palancas le sirven el tinto oscuro como le gusta. Toma del pequeño plato tres cubitos de azúcar que lucen más amarillentos que nunca y con parsimonia los revuelve al ritmo de sus propias ansias con una cucharita que parece de juguete. Saluda a varios de los asiduos visitantes que lo conocen muy bien. Bizquea a una de las mujeres que parece estar enamorada de sus pecas y del rojizo intenso de su cabello, parece de origen nórdico y vikingo. Ella también le pasa un vaso de agua porque el ritual se impone sobre cualquier urgencia que aparezca.

Pide que se lo anoten en su cuenta que casi nunca paga en efectivo, porque todo lo intercambia por emboladas. Lentamente va ingiriendo la exquisita bebida de orgullo nacional a la espera de sus clientes. Como nadie reclama sus servicios, va al orinal que queda al fondo del local, a la izquierda, antes de subir las escaleras que conducen al segundo piso. Pasa por entre las 8 mesas donde los apasionados se gastan las horas jugando al billar y al pool, apostando dinero, incluso. A esa hora solo hay dos mesas ocupadas y en una de ellas ve a un señor de bigote recortado que seco le espeta un saludo más de cortesía que de sinceridad espiritual. 

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Regresa a su mesa preferida mientras recuerda que el abogado Álvaro Hernández le contó que ese sitio que por momentos es bar, cafetería, jugadero de billar, con música y a veces con mujeres ocasionales, es el mayor tertuliadero de la ciudad. Fue fundado en los fatídicos años cincuenta, recibe gente de toda calaña, y ha servido para que los filósofos callejeros solucionen todos los problemas que aquejan a la ciudad y al país.

En mitad de sus cábalas, arriba uno de sus mejores clientes, quien además de pedir que le brille los zapatos todos los días, siempre le obsequia El Cronista que le sirve al lustrabotas para mantenerse actualizado de los chismes que van y vienen en ese periódico de tanto renombre en la ciudad. Trae unos zapatos color marrón de cordones que, aunque ajados aún soportan el trajín de la vida y, sin expresar palabra alguna más allá de sus consabidos quejidos y lamentaciones por la situación del momento, también pide un café, pero con leche y mucho dulce; no le gustan los cubitos, prefiere el azúcar en granitos que sale de un recipiente de plástico que termina en un cono azul con un agujero. 

Entre el suave calor, el viento que sopla con moderada intensidad, y sus azarosas angustias por llevar plata a su casa, el embolador se la pasa todo el día en su habitual sonsonete de saludar, hablar, brillar zapatos, chismosear, cobrar, pagar, quedar debiendo. Cuando la plomiza tarde se posesiona del firmamento ibaguereño retorna a su hogar donde sus cinco hijos lo aguardan no solo con el afecto que le profesan, sino con sus estómagos a medio llenar. Para él y para ellos la vida no se detiene, aunque su sitio preferido de trabajo parezca girar a toda hora. Todos dependen de la destreza de sus manos, de la gente que lo conoce desde tiempo atrás, y de quienes viven fascinados con la brillantez que deja en los zapatos, aunque éstos estén tan ajados como su rostro y su cuerpo desgastado y golpeado por la dureza de la existencia.

De Venadillo al San Rafael

 

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