ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

Dependiendo del matadero

Evocaciones

Como todos los días, el hombre, único responsable de sus seis hijos -2 hombres y 4 mujeres- y de su abnegada esposa, se levanta dispuesto a cumplir una jornada más en su infatigable lucha por la existencia. Son las tres de la madrugada y el frío cala los huesos más que de costumbre. Se mete al oscuro baño y rápido se prepara para salir. Nunca se demora más de quince minutos para estar listo. Toma su insustituible tinto matutino y se sube sobre su “caballito de acero”, esa bicicleta de manubrios curvos tan parecida a las de carreras que usan los profesionales. 

Al salir a la calle, percibe que el viento corre más rápido y un gaseoso helaje lo recorre de arriba a abajo. Siente erizar su cetrina piel tostada por el sol que cada día no puede evitar. La humedad está adherida a las hojas de los árboles que estoicamente recibieron los cántaros de lluvia que se desgajaron sobre esa parte del barrio en el que la pobreza azota con más fuerza las tejas de zinc que protegen la morada de sus habitantes.

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Llega a la descascarada avenida Ambalá que conecta a la ciudad con el barrio del mismo nombre. Dobla a la izquierda y pedalazo tras pedalazo avanza con los ojos fijos en la calle. Con suma atención esquiva los agujeros que parecen troneras de nunca llenar. Saluda a los celadores que escondidos bajo sus oscuras ruanas suspiran para que no aparezca ningún delincuente. Los conoce a todos y todos lo conocen a él. Pasa por el frente de Casa Verde que luce más misteriosa que nunca y con su acostumbrada parsimonia cruza la avenida quinta con la calle 25. Suspira con la honda calma que lo caracteriza y sigue más concentrado que siempre. Lo acompaña su suave respirar como en una danza de ballet que rasga la sonoridad del instante. Sigue hasta que se encuentra de frente con la carrera primera que desemboca en el cementerio San Bonifacio ubicado en el barrio Las Brisas donde yacen los restos de sus padres y abuelos.

Dobla a la derecha y pasa por la parte de atrás de la Estación del Ferrocarril de arquitectónica belleza. Dobla en la “Vuelta del chivo” y después de unos trescientos metros se halla frente a la entrada del matadero municipal. Saluda al portero de un ralo bigote que suele ofrecerle siempre un café que saca de su desvencijado termo. No lo acepta. Prefiere dirigirse a cumplir sus rutinarias labores. Se cambia de ropa, afila los cuchillos con los que va a terminar de arreglar la piel que le ha sido quitada a las reses sacrificadas en esa madrugada, y se dirige al patio donde todos los cueros aun sangrantes son apilados en desorden.

Con la sapiencia de siempre, va despellejando las pieles que después serán secadas con sal negra para que sean transformadas en bolsos, chaquetas, pantalones, y artículos de cuero. Les quita los desperdigados residuos de carne y de grasa que han quedado adheridos. Con parsimonia los va metiendo en una bolsa de yute para después llevarlos a su casa, hacen parte de su dieta diaria y la de algunas personas que esperan su regreso. Una por una, las pieles ya limpias se van amontonando en la parte trasera de una camioneta que huele a todos menos a bueno.

Con el silencio pegado a sus costillas bien pronunciadas, hace su trabajo hasta que son las ocho de la mañana. Una vez terminado su compromiso come algo ligero y emprende el viaje de regreso. Se desvía de la ruta de ida para pasar por la plaza de mercado de la 21 y comprar yuca, papa y plátanos. Antes de las nueve de la mañana está traspasando el portón de madera desigual que hace las veces de entrada a su casa. Saluda a su esposa con un gesto apenas perceptible. Ella le recibe las bolsas del mercado y se alista a preparar el almuerzo, mientras frita toda la carne y los gordos que su marido le ha entregado. 

Una vez ha desayunado con huevos, arepa y café con leche, el hombre descansa unos minutos que nadie contabiliza. Antes de las diez de la mañana vuelve a salir. Otra tarea lo espera agazapada entre sus ilusiones. Se dirige a la cuerera ubicada en la parte trasera del edificio de la Escuela Normal Nacional. Allí, además de dedicarse a salar las pieles que en la mañana despellejó y que ya fueron llevadas a esa construcción de zinc y maderas torcidas, va enrollando aquellas que ya fueron sometidas al proceso de curtiembre.

Cuando cerca de las tres de la tarde regresa a su casa, ya su esposa ha freído todo y le tiene listo el almuerzo. Ha logrado extraer la grasa que por una contrata le entregará a la fábrica de bizcochos de manteca ubicada en la calle treinta. Los chicharrones y algunos trozos de carne serán vendidos por unidades, otros serán convertidos en migas -carne frita, machacada con plátanos verdes o maduros y hechos bolitas- y comercializados también a la gente de los alrededores que espera deleitarse con esos manjares que muchos anhelan cada día.  Otros, se los comerán con el almuerzo o con la comida de sus hijos.

A las siete de la noche, el hombre con sus alientos y energías en el límite de sus fuerzas va a la cama. Al día siguiente lo espera una jornada similar. 

Las canchas de la Guabinal

 

  

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