ColumnistasGustavo Álvarez Gardeazábal

Era mi madre

CRÓNICA DE GARDEAZABAL # 258

Se casó el 31 de octubre de 1944. Un año exacto después, el día de las brujas de 1945, nacía yo en el Hospital San Antonio de Tuluá. El abuelo Marcial, el sabio librero de mi pueblo, había exigido que el parto fuera en un quirófano y no  en manos de alguna de las parteras de la vecindad. Sus antenitas premonitorias se lo advertían. 24 horas después, ella con su terquedad vasca insistía en alimentarme de su teta y yo, con mi fortaleza para rechazar desde antes de nacer lo que no me gusta, los tenía en apuros. Resulté alérgico a la leche materna  y  gota que recibía, gota que vomitaba. Terminaron criándome con colada de arroz y después aguantándome no se como porque ella, antes de perderse en las brumas del alzheimer, me  repitió con insistencia que criarme había sido muy tortuoso. Según sus palabras, yo no preguntaba como todos los niños sino que  afirmaba. Sin duda tuvo paciencia, imaginación y temple para sacarme adelante. Como lo tuvo para ser un devota mujer católica, apostólica y romana y fundar durante su vida asociaciones cristianas parroquiales, presidir grupos de oración y fundar y dar cátedra en otros de meditación bíblica. Fue militante activa de la Acción Católica antes de graduarse de bachiller y dirigió al micrófono  por varios años programas de Radio Tuluá para alentar la cultura y el humanismo. No heredé ni una pizca de su habilidad para pintar al óleo o porcelana o para tocar el violín. Pero me hizo competencia cuando escribió la Novena del Niño Dios para entregarle a los centenares de niños que cada año reunía en su pesebre la semana anterior a la navidad. Su mayor triunfo fue haber sido escogida como la mujer vallecaucana que representó a los fieles católicos en la entrega de las ofrendas al papa Juan Pablo II cuando celebró la misa en Cali. Pero históricamente fue la fundación de Las Damas de la Caridad de Tuluá, cuando acudió, en pleno fragor de la violencia política a socorrer con un caritativo mercado semanal a los desplazados de la guerra, a quien ni los conservadores ni los liberales ni el gobierno atendían en sus hambrunas. Fue mucho entonces lo que nos enseño a sus hijos y sobre todo a la sociedad tulueña que la respetó por su valentía pero al mismo tiempo por su capacidad de conciliación. Hoy, 13 de septiembre, al cumplirse el centenario de su nacimiento, las Damas de la Caridad, que 66  años después subsisten ayudando a nuevos desplazados de las interminables guerras, se reunirán ante su tumba para depositar en su honor sentida ofrenda floral y celebrar una eucaristía .Allá estarán las mejores flores de mi jardín. Yo prefiero quedarme aquí en El Porce, al pie de la  cama donde murió, rememorando cuánto le debo a esa apabullante y generosísima mujer que era  mi madre.

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, septiembre 13 del 2021

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