ColumnistasRicardo Cadavid

La desastrosa estafa de las revocatorias

La historia está llena de inescrupulosos estafadores y, entre ellos, grabado en piedra como un héroe monumental, está Gregor MacGregor, “el Jenofonte de América”.

Escocés al servicio de la Armada Británica, descendiente de Robert MacGregor (Rob Roy). General de Brigada de Caballería de los ejércitos independentistas en Caracas, grado que le fuera otorgado por el Mariscal Sucre. En Cartagena de Indias, MacGregor luchó junto a Simón Bolívar durante la campaña del Magdalena. Con poco más de mil hombres ayudó a Antonio Nariño a tomar Santa Fe de Bogotá. Junto al General Custodio García Rovira expulsó a los realistas españoles de Pamplona y Cúcuta. Luchó ferozmente en Venezuela, luego en Haití, viajó por orden de Bolívar a los Estados Unidos para buscar la independencia de La Florida, fue condecorado con la Orden de Los Libertadores y además le encimaron en matrimonio a la prima de El Libertador,  Josefa Aristeguieta y Lovera.

 

De vuelta a Inglaterra, MacGregor inventa una de las estafas más sorprendentes de la historia. Llega a Londres con los documentos de un tratado (que no era real), en los que el rey  de la Costa de Mosquito, George Frederic Augustus I (rey que tampoco existió), le cedió una enorme porción de tierra para iniciar la colonización del país de Poyais (también inexistente). No bastando esto, el imaginario rey le otorgó a MacGregor el quimérico título de Príncipe de Poyais. Ante la sociedad londinense exhibió, además del título nobiliario, la Constitución de Poyais (que él mismo redactó), un tomo completo, ilustrado con hermosos grabados, de la magna obra del capitán expedicionario Thomas Strangeways: “Esquema de la Costa de los Mosquitos, incluido el Territorio de Poyais” (obviamente no había tal capitán, pero el libro le quedó estupendo).

 

El fantástico y rico país tenía bandera, escudo, toda una completa cartografía, instrucciones para su colonización, distribución de los terrenos para los colonos que deseasen, por unas cuantas libras esterlinas, aventurarse a construir un futuro promisorio en el Nuevo Mundo. Poyais era tan avanzado que tenía moneda: el dólar de Poyais, que podían cambiar por libras esterlinas todo aquel que quisiera viajar y así evitarse la incomodidad de que los lugareños, no recibieran en sus tiendas esas  monedas extranjeras. Sobra decir que no había tiendas en Poyais, los lugareños eran aborígenes y mestizos que habitaban algunas pocas chozas y el mismo MacGregor diseñó e imprimió la moneda oficial “poyainense”.

 

El fabuloso estafador completó el círculo cautivando  a un aristócrata londinense, William John Richardson, a quien nombró embajador de Poyais y, gracias a su apoyo, en 1822 se emitieron bonos de deuda de Poyais. En esas épocas era común emitir bonos de deuda de países del Nuevo Mundo. Colombia lo había hecho para financiar su nueva República e Inglaterra llevaba años invirtiendo para lograr quedarse con las relaciones comerciales en América Latina. Para ello, incluso, la corona británica adelantó una campaña de desprestigio contra  su archienemigo, el imperio español, campaña negra por la que, aun hoy, quemamos estatuas y ostentamos un odio voraz contra nuestra ancestralidad hispánica,  con una candidez  solo comparable con las ilustraciones del libro del territorio de Poyais. Cerca de 200 nuevos colonos desembarcaron en la Costa de Mosquito, no encontraron a Poyais y la mayoría murió por malaria, hambre, sed y desespero.

 

MacGregor y su inexistente país me recuerda a los infames comités de las revocatorias de alcaldes y gobernadores, que se extienden a lo largo y ancho de nuestra geografía. Tienen mucho en común. MacGregor aprovechó la crisis económica, producto de la ola de revoluciones napoleónicas y guerras europeas, para vender un país que no existía, de la misma manera que los perversos comités de revocatorias aprovechan la crisis social que vivimos, el hambre que arrecia en la pandemia, para vendernos la idea de que tumbar alcaldes nos llevará a Poyais de inmediato, que por arte de magia, se resolverán los problemas que arrastra esta nación hace más de 200 años. 67 revocatorias están en curso. Como los buitres que esperaban masticar los cuerpos lacerados de los hambrientos colonizadores de Poyais, los de las revocatorias se lanzan a picotear las maltrechas alcaldías de Bogotá, Cali, Bucaramanga, Cartagena, Cúcuta, Ibagué, Medellín, entre otras. Hay que ser muy miserable para aprovechar lo crítico que debe ser gobernar en medio de esta la  pandemia. No es gratuito que nuestro escudo esté coronado por un buitre. Estos políticos me hacen sentir que el cóndor no es más  que un chulo con jerarquía.

 

Los bonos de deuda de Poyais debían negociarse muy rápido, antes de que la estafa fuera descubierta, igual que los comités de las revocatorias actúan rápido, en medio de la crisis, para recoger firmas y alentar a los ciudadanos a tumbar alcaldes a diestra y siniestra. Cualquiera que conozca cómo funciona la administración pública, sabe que en los dos primeros años de gobierno  no se pueden gestionar grandes obras; se requiere culminar empalmes, diseñar el Plan de Desarrollo, armonizar el presupuesto, gestionar recursos, abrir licitaciones y muchas más talanqueras propias de lo público. Este monstruoso mecanismo de la revocatoria aprovecha el laberinto administrativo para asestar golpes a diestra y siniestra, porque los de las revocatorias quieren ganar, por la fuerza, la representación popular que perdieron en las urnas, sembrando en el  imaginario popular que son los héroes salvadores que los municipios necesitan. Estos actos heroicos son de una astucia y cobardía comparable con la de Gregor  MacGregor, que huía de las batallas y luego era condecorado.  MacGregor fue, de hecho, condenado a la horca por Bolívar, pero siempre encontró como salvar el pellejo, así como hoy, los MacGregor  de las revocatorias, encuentran cómo salvarse del desprestigio que cosechan.

 

Así como MacGregor creó comités, entregó títulos, nombró embajadores y alentó a familias de ingleses desesperados a que fueran los nuevos colonos del rico país de Poyais, los miembros de los comités de las revocatorias se organizan para convencer a cautos e incautos, de que son los héroes de la primera línea que Colombia necesita, de que van a liberar de la miseria a ciudades y municipios, e incluso les ofrecen lugares en sus listas futuras a concejos y asambleas, porque lo único que están haciendo es reencauchándose para futuras elecciones; eso es todo, no les importa su ciudad, no les importa el país, y hasta los muertos les resultan convenientes. Las revocatorias no son una solución, de hecho, son parte del problema; parte de un sistema que convierte el ejercicio de la oposición política en un ignominioso y fastidioso campo de batalla.

 

Habiendo robado a muchos, MacGregor regresó a Venezuela, se hizo pensionar del congreso como general, fue enterrado con honores en la Catedral de Caracas y su nombre permanece tallado en piedra en el Monumento a los Libertadores. Así como MacGregor, los estafadores de las revocatorias volverán a presentarse en futuras elecciones, algunos se lanzarán al congreso, otros aspirarán a ser alcaldes, otros a reencaucharse en los concejos municipales y en las asambleas departamentales  mientras la gente sigue con hambre, sin empleo, en la más absoluta miseria, igual que los tristes cadáveres que fueron devorados por los buitres en las playas soleadas del anhelado e ilusorio país de Poyais.

 

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