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Pido la palabra. Despotismo Activista

Ricardo Cadavid

Los déspotas son sujetos que ejercen de manera absoluta su poder y autoridad y desean educar a la fuerza a las demás personas, a quienes consideran poco menos que piltrafas humanas, seres ignorantes que requieren ser “civilizados” o desaparecer. Pasó con Alejandro Magno que siendo muy joven le dio por civilizar a los persas y a los pueblos de Oriente. El Imperio Romano quiso civilizar a sangre y espada a los pueblos germánicos que, aun hoy, llamamos bárbaros o vándalos. Reyes franceses, prusianos y rusos, quisieron civilizar al pueblo vil e ignorante que debía alimentar su espíritu con el racionalismo ilustrado. O se educan, o les ponemos el cuello en la guillotina. 

Nuestra sociedad vive hoy lo que he llamado el Despotismo Activista. Grupos radicales que desean imponer la visión particular de sus causas a toda costa y por cualquier medio. Machos patriarcales: ¡Hay que eliminarlos! Policías del régimen: ¡Hay que quemarlos! Amas de casa provida y retardatarias ¡Hay que excluirlas! Sistema de Transmilenio con buses fálicos que llevan un acordeón costeño en el centro ¡Hay que destruirlo! Iglesias y parroquias  ¡Que las pinten y quemen por legalistas! Empresarios oligarcas explotadores ¡Que sufran mucho! Como dice el bolero “Aurora”, “que sufran mucho pero que no mueran”,  porque alguien tiene que producir y tributar para que puedan existir nuestras universidades, con sindicatos y algunos docentes que no tienen semilleros de investigación, sino cuadros ideológicos donde anidan nuestros déspotas activistas de excelsa sapiencia.  

Pido la palabra. Decreto de Emergencia Electoral

Las causas que defienden los grupos activistas radicales son totalmente nobles, de eso no cabe duda, pero las actuaciones radicales generan fastidio y alteran la convivencia y difunden imaginarios bastante nocivos (la deshumanización del varón, el empresario desalmado, la oligarquía criminal, las mujeres victimizadas e infantilizadas, etc.) Estos grupos juran que es por sus actuaciones violentas que las causas son atendidas, lo que está bastante lejos de ser real. El derecho al voto no se ganó porque la sufragista Mary Richardson acuchilló a la Venus de Rockeby en la Galería Nacional. Creer eso es el resultado de conocer las sufragistas en una película que las vuelve heroínas, o leer la  historia en una serie de Netflix: Una visión muy pobre de una causa como el derecho al voto, que tenía varios grupos de apoyo, muchas organizaciones feministas, muchas académicas, investigadoras, escritoras y grupos políticos. 

El Despotismo Activista es un tema que deben revisar muy bien las personas que luchan por una causa. No todos los grupos activistas son radicales.  La semana pasada, un grupo de activistas de género puso un “tendedero” en la Universidad del Tolima, en el que cualquier persona podría colgar sus denuncias, independiente de si eran reales o ficticias porque, según ellas, “el macho tiene que caer”. La celeridad que reclamaban para atender los casos de violencia de género es más que justa; la manera de hacerlo, no. Hace poco unos activistas ambientales lanzaron sopa de tomate al cuadro Los girasoles de Van Gogh. Su causa ambiental es loable, pero su forma de protestar no. 

Colitas de marrano

La situación se está tornando insostenible. Un grupo de indígenas se levantó en protesta y atacaron de manera violenta a la policía, incluida una mujer. Otro grupo responde a la violencia sexual rompiendo las estaciones de Transmilenio. Hace un año quisieron quemar policías al interior de un CAI. 

La preocupación por el impacto que tienen los combustibles fósiles en el cambio climático es generalizada y trabajan en ellas ambientalistas, grupos de académicos, grandes laboratorios y empresas, ministerios, investigadores; pero el día de mañana, las redes sociales querrán convencer a cibernautas incautos y a la opinión pública, de que el mundo atendió el clamor sobre el uso de energías renovables, gracias  a que, recientemente, los activistas de “Futuro Vegetal” se pegaron a los marcos de la Maja desnuda y la Maja vestida de Francisco de Goya, en el Museo del Prado. Hay ejemplos de grupos moderados con grandes iniciativas y de mucha visibilización; la Marcha Carnaval es un ejemplo de activismo ambiental no violento y sumamente significativo. 

 La institucionalidad jurídica tiene que servir para algo, porque esta tensión entre medios y fines no se arregla sola; primero, porque las protestas que contienen acciones extremas ganan atención de los medios, y generan la ilusión de efectividad. Segundo, porque quienes lideran estos activismos radicales adoran ser impopulares, son dueños de una soberbia intelectual que les confiere una seguridad de que son los héroes que la causa necesita, asi que el diálogo es totalmente inútil y por último, porque el ecosistema digital ha cambiado las reglas de la comunicación, y entre más escandalosa la acción, más viral, más mediática. La noticia incluso deja de ser la causa defendida, para centrarse en los heroicos grupos de activistas que se sienten protagonistas de la historia. O el orden jurídico empieza a funcionar o nos lleva el patas. 

 

 

 

 

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